Padre Fernando Pascual, L.C.

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Mensaje de la semana  

 

Un momento para evaluar la propia vida

 

Un joven analiza la trayectoria de su vida. Decisiones buenas y malas. Encuentros maravillosos y conflictos amargos. Cariño y desprecio. Enfermedades y deportes. Estudios y, con más o menos fortuna, el inicio de un trabajo.

Una persona alrededor de los 40 años. La trayectoria del pasado ha dejado huellas más profundas. Hay lazos, quizá cadenas, que la unen de modo fijo a familiares y a una profesión que podría parecer definitiva.

Alguien que se acerca a la jubilación. La biografía ha quedado bastante definida. Hubo aciertos, hubo errores. El futuro cierra espacios a esperanzas y entusiasmos propios de una vida joven.

Un anciano que constata el aumento de sus limitaciones. Tiene más tiempo para evaluar la propia vida, con todo lo que hubo de bueno y de malo. Percibe que, a pesar del cansancio, todavía existen oportunidades abiertas a opciones nuevas.

Sea cual sea la edad de cada uno, tener un momento dedicado a evaluar el pasado sirve de ayuda para tocar nuestro corazón y preguntarnos: ¿estoy satisfecho y feliz por lo que ha sido, hasta ahora, mi propio itinerario?

Algunos, en esa mirada, sienten un cierto peso en su alma. No están contentos por su propia historia. Sufren por decisiones equivocadas de uno mismo o de otros. Lamentan no haberse abierto más al bien y al amor.

Otros, con alegría, constatan que la trayectoria ha sido hermosa. Hubo, es algo casi inevitable, momentos difíciles, pero con la ayuda de Dios y de amigos buenos fue posible salir adelante. Sobre todo, se percibe que las fuerzas fueron invertidas para cosas que realmente valían la pena.

Es bueno encontrar momentos para evaluarnos. No con una actitud pesimista, como si ya no hubiera nada que hacer, sino con apertura a las posibilidades abiertas en el presente y hacia el futuro.

No podemos modificar el pasado. Queda ahí, fijo, con sus luces y sus sombras. Pero podemos mejorar las decisiones del presente, si miramos a Dios, si escuchamos su Palabra, si nos dejamos acompañar por buenos amigos.

Entonces descubriremos que el Padre nos invita a un camino de conversión que rompe con pecados antiguos y que impulsa a vivir del modo más hermoso, que consiste en dejarse amar y en amar sin medida.