Padre Fernando Pascual, L.C.

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El futuro, en las manos de Dios

 

A veces escuchamos que el futuro está en manos de los jóvenes, o de los intelectuales, o de los trabajadores, o de parlamentarios nuevos, o de los empresarios, o de los sindicatos, o de los jueces, o de otras personas...

Con esas frases se formulan deseos y esperanzas, pero, sobre todo, una invitación a tomar en serio las propias responsabilidades en el presente, porque de ellas depende buena parte de lo que será el futuro.

Si vamos más a fondo, podemos reconocer que el futuro no está en manos de grupos más importantes o emprendedores, pues lo que ocurre en la historia depende de todos, incluso de las personas que parecen menos influyentes.

Y si seguimos en camino para comprender mejor en manos de quién está el futuro, descubriremos la presencia y la acción, muchas veces no reconocida pero no por ello menos determinante, de Dios.

Es cierto que la acción de Dios en la historia no tiene las características ni el "brillo" de las decisiones de un presidente enérgico o de las votaciones de un sindicato para ir o no ir a una huelga. También es cierto que Dios nos ha hecho libres, y nunca aplastará esa libertad que nos ha dado.

Pero también es cierto que de maneras sorprendentes, y por encima de los análisis más perspicaces, Dios conduce la historia humana. Primero, gracias a miles de corazones que aceptan su Amor y lo transmiten a sus semejantes. Segundo, también a través de quienes no piensan para nada en Dios, pero se convierten en obreros del misterioso designio de Dios sobre los hombres.

Por eso, el futuro está, siempre, en las manos de Dios. Si acudimos a Él con una oración humilde, si buscamos vivir el gran mandamiento del amor, la historia humana podrá avanzar con menos tropiezos y dolores, y con más justicia y belleza. Lo cual, en definitiva, es el sueño de Dios para nosotros y el anhelo más íntimo del corazón humano.