Padre Fernando Pascual, L.C.

Congregación Legión de Cristo

 

 

 

Bioética

Iglesia

Familia

Reflexiones Espirituales

Temas de actualidad

Testigos del amor de Dios

Valores

 

Mensaje de la semana  

 

Dios y el amor en familia

 

Es un anhelo que sigue presente en millones de corazones: vivir en una familia donde reine el amor. ¿Cómo lograrlo?

De un modo muy sencillo: si comprendemos que Dios es Amor, es Trinidad, es donación mutua, entonces acoger a Dios en la propia familia permite vivir a fondo el amor.

Una familia que deja a Dios entrar en los corazones sabe rezar. La oración une, da esperanza, consuela en los sufrimientos, anima al trabajo.

Una familia que vive junto al Hijo de Dios hecho Hombre acepta el gran regalo de la Redención, se deja perdonar y aprende a perdonar.

Una familia que puede llamar "Padre" a Dios experimenta una alegría inmensa ante la llegada de cada hijo, y enseña a los hijos a amar agradecidamente a sus padres.

Una familia en la que el bautismo ha marcado a cada uno se deja iluminar por el Espíritu Santo, y entra así en la misma vida de la Trinidad.

Es maravilloso dejar que Dios sea el centro de una familia. No se arreglarán todos los problemas, porque la vida está llena de pruebas. Pero habrá un modo diferente de afrontar cada asunto: con amor.

Por eso, lo más grande, lo más serio, lo más hermoso que pueden hacer los esposos, los padres, los hijos, los demás parientes, es recibir a Dios en sus corazones y entre las paredes del hogar.

Cada día es una nueva oportunidad para dejar que Dios entre en casa. La familia, así, recibirá un consuelo incomparable, y tendrá unos recursos insospechados para crecer en el amor y para abrirse a los demás.

Que Dios viva en la propia familia es, en definitiva, uno de los modos más hermosos de acoger el Evangelio, y de entrar en la gran acción de gracias de quien ha recibido la bendición de la Trinidad.

"Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior... Amén" (cf. Ef 3,14 21).