Padre Fernando Pascual, L.C.

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Aristóteles y el intelecto humano

 

Hablar sobre el intelecto humano resulta estimulante. En parte, por las teorías que buscan explicarlo, o que niegan su existencia. En parte, porque encontramos muchas dificultades para entender lo que ocurre cuando pensamos.

La teoría de Aristóteles ofrece, también hoy, elementos para la reflexión. Porque para el famoso filósofo griego el tema del alma y, en concreto, el tema del intelecto, eran fundamentales.

Sin abarcar las diferentes contribuciones de Aristóteles sobre este tema en su tratado "Sobre el alma", podemos fijarnos en los siguientes aspectos: su planteamiento, la comparación con la sensibilidad, y la explicación de la condición del intelecto respecto del cuerpo.

El planteamiento es sencillo: el intelecto tiene características parecidas a la sensibilidad, pues es algo pasivo, que recibe, que acoge. Lo cual suscita preguntas. En concreto, una de especial importancia: ¿tiene un órgano?

Este planteamiento conserva una actualidad sorprendente. El mundo moderno se ha preguntado en diversos momentos si exista un órgano o una dimensión medible que explique y fundamente nuestras ideas y razonamientos.

La comparación con la sensibilidad ofrece un estímulo para comprender mejor la naturaleza del intelecto. Porque acaece un fenómeno interesante. Mientras al sentir algo intenso el órgano sensorial sufre serias alteraciones, no ocurre algo parecido respecto del intelecto.

Imaginemos una fuerte explosión. El oído queda como saturado, alterado: no es capaz de percibir por un tiempo sonidos más pequeños. Esto prueba que la facultad auditiva está fuertemente unida a lo corporal y sufre las consecuencias de ello.

En cambio, ¿qué ocurre cuando pensemos una idea muy "fuerte", como por ejemplo un problema de matemática especialmente difícil? Que después, con naturalidad sorprendente, podemos pensar en algo sencillo y fácil. La mente (intelecto) pasa de un tema a otro sin sufrir alteraciones que la incapaciten.

A partir de este fenómeno Aristóteles deduce que la actividad intelectual no es el resultado de un órgano corpóreo, pues si dependiese del mismo se alteraría como se alteran nuestros ojos ante la luz intensa o nuestro olfato ante un olor especialmente fuerte.

Además, el intelecto puede pensar todas las cosas, mientras que la facultad visiva se limita a los colores, y la facultad auditiva a los sonidos. Pasar tan fácilmente de la idea de infinito a la idea de enfermedad, de color o de justicia, implica que el pensamiento no es el acto de un órgano sensible y material.

El mundo moderno puede recibir, desde las reflexiones de Aristóteles, un estímulo concreto a tantos problemas que discutimos a la hora de comprender la mente y la voluntad que caracterizan al ser humano.

Porque, lo aceptemos o no, hay algo en nosotros que supera con mucho lo que está ligado a las leyes de la física, de la química, de lo corpóreo. Ese algo explica la peculiaridad humana y deja espacio abierto para comprender que no somos solo materiales, sino que tenemos algo que los antiguos llamaban "separado" o, con un adjetivo más difundido, "espiritual".