Padre Fernando Pascual, L.C.

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La purificación

 

 

Purificar significa separar lo sucio de lo limpio, lo malo de lo bueno, lo enfermo de lo sano. Purificar un corazón significa arrancar envidias, egoísmos, avaricias, pecados, para dejar espacio a la gracia, a la justicia, al amor auténtico.

En ocasiones, resulta difícil emprender un camino de purificación. Cuesta reconocer que hay zonas oscuras en el propio corazón. Cuesta tener la sinceridad y la valentía necesaria para mirar cara a cara el propio pecado para denunciarlo, para presentarlo al Médico, para iniciar una terapia a veces dolorosa. Cuesta aceptar que hay mucho mal en la propia vida y que hace falta pedir ayuda para que sea posible el milagro de la conversión.

Pero la purificación empieza a ser menos difícil si tenemos el mejor motivo para empezar el trabajo de limpieza: Dios me ama y me invita a amar.

¿Así de fácil? ¿Se puede dejar lastre que nos acompaña por meses, incluso por años?

San Agustín, antes de dar el paso hacia la conversión, escuchaba la voz insistente de sus viejas pasiones: “¿Nos dejas? ¿Y desde este momento jamás estaremos contigo? ¿Y desde este momento jamás te será lícito esto y aquello?” En su interior se pregunta respecto de sus acciones pasadas: “¿Te crees que podrás vivir sin ellas?” (Confesiones 8,11,26).

A pesar de las objeciones, Agustín pudo dar el paso a una vida nueva desde el encuentro profundo, auténtico, sincero, con Cristo. Un Cristo vivo, real, concreto, cercano, Salvador. Un Cristo que es el centro de la vida de todos los grandes conversos de la historia, de los santos de ayer y de hoy, de los hombres y mujeres que empiezan a romper con el pecado para vivir en el mundo maravilloso de la gracia.

Llega la hora de iniciar una purificación completa, sincera, plena. Jesús nos espera en el sacramento de la Penitencia para darnos un abrazo magnífico, purificador. “Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1Jn 1,9).