Mensaje de la semana
La purificación
Purificar significa separar lo sucio de lo
limpio, lo malo de lo bueno, lo enfermo de lo sano. Purificar un
corazón significa arrancar envidias, egoísmos, avaricias, pecados,
para dejar espacio a la gracia, a la justicia, al amor auténtico.
En ocasiones, resulta difícil emprender un camino de
purificación. Cuesta reconocer que hay zonas oscuras en el propio
corazón. Cuesta tener la sinceridad y la valentía necesaria para
mirar cara a cara el propio pecado para denunciarlo, para
presentarlo al Médico, para iniciar una terapia a veces dolorosa.
Cuesta aceptar que hay mucho mal en la propia vida y que hace falta
pedir ayuda para que sea posible el milagro de la conversión.
Pero la purificación empieza a ser menos difícil si tenemos el
mejor motivo para empezar el trabajo de limpieza: Dios me ama y me
invita a amar.
¿Así de fácil? ¿Se puede dejar lastre que nos
acompaña por meses, incluso por años?
San Agustín, antes de
dar el paso hacia la conversión, escuchaba la voz insistente de sus
viejas pasiones: “¿Nos dejas? ¿Y desde este momento jamás estaremos
contigo? ¿Y desde este momento jamás te será lícito esto y aquello?”
En su interior se pregunta respecto de sus acciones pasadas: “¿Te
crees que podrás vivir sin ellas?” (Confesiones 8,11,26).
A
pesar de las objeciones, Agustín pudo dar el paso a una vida nueva
desde el encuentro profundo, auténtico, sincero, con Cristo. Un
Cristo vivo, real, concreto, cercano, Salvador. Un Cristo que es el
centro de la vida de todos los grandes conversos de la historia, de
los santos de ayer y de hoy, de los hombres y mujeres que empiezan a
romper con el pecado para vivir en el mundo maravilloso de la
gracia.
Llega la hora de iniciar una purificación completa,
sincera, plena. Jesús nos espera en el sacramento de la Penitencia
para darnos un abrazo magnífico, purificador. “Si reconocemos
nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y
purificarnos de toda injusticia” (1Jn 1,9).