Padre Fernando Pascual, L.C.

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Acciones y futuro

Ponemos agua al fuego; cuando empiece a hervir, echaremos el arroz o la pasta. Entramos en una página de trenes. Compramos un boleto en oferta para el próximo mes, esperando gozar de salud para entonces. Buscamos cómo ahorrar al ir al mercado, pensando en el dinero que nos servirá cuando llegue la jubilación.

Continuamente emprendemos acciones con la mirada puesta en el futuro. Muchas veces ese futuro es inmediato: calentar el agua para luego tener una buena comida. Otras veces el futuro está lejano: el próximo mes, o incluso en los próximos años.

En ocasiones, el futuro no se realiza. El billete de tren quedó inservible, porque cogimos una gripe dos días antes del viaje previsto. Los ahorros para la jubilación se acabaron cuando tuvimos que pagar unos impuestos nuevos que no habíamos previsto a tiempo.

Gracias a Dios, son muchas las ocasiones en las que el futuro “llega” como habíamos previsto: el arroz ha quedado muy bien, hicimos el viaje sin problemas, y aquellos esposos tuvieron holgura económica en sus primeros años como jubilados.

Los futuros se construyen desde las acciones presentes. Esas acciones son, en buena parte, resultado de nuestras decisiones. En buena parte, también, se entrecruzan con las acciones de otros: de un gobierno que nos asfixia con impuestos, de un sindicato que organiza huelgas salvajes de trenes, de unos médicos que se equivocaron en un diagnóstico y nos hicieron perder una enorme cantidad de dinero.

Debería causar sorpresa ver que el futuro se realiza como habíamos previsto. También debería ser habitual prepararnos ante imprevistos que aparecen en ese futuro y nos llevan a cambiar todos los planes.

La vida transcurre así, con miles de acciones que ponemos en marcha desde la esperanza de que las cosas irán bien, pero con la incerteza de que no podemos controlar las variables que aparecen en las diferentes encrucijadas del camino.

En ese continuo esfuerzo por tomar buenas decisiones, orientadas a un futuro que esperamos prometedor, vale la pena alargar la mirada y pensar en un futuro definitivo, que da sentido a cada existencia humana: el que inicia tras la muerte, cuando nos encontraremos con un Dios justo y misericordioso, que acepta todas esas acciones que hayamos realizado desde el amor y para amar...